19/09

Para los que habitamos esta ciudad, esta fecha es determinante. Muchas cosas convergen en esta fecha: la tragedia, el dolor, la perdida, la muerte. También la solidaridad, la unión, el ver por el otro.

Es obvio que a mi me tocó vivir estos dos eventos. El primero en el 85 y el de hace dos años, en el 2017. En este último, minutos antes, pensaba: ¿Qué posibilidades de que hubiera un sismo en este día? Mi respuesta fue que ninguna, levantando los hombros. Y a las 13:14:40 horas, hora local (UTC −5) se materializaron todas las posibilidades, en un sismo tan devastador como el del 85.

Lo que pasó esa semana después del evento me sigue conmoviendo: miles de jóvenes -los llamados erróneamente millenials– salieron de su zona de confort, para enfrentar con valentia, el suceso. Esos millenials que, generaciones anteriores a ellos criticabamos por su apatía y su soberbia.

Otros tantos, no llegaron a casa por quedarse a ayudar en la zona de desastre. La gente envio rapidamente despensas, sin que el gobierno tuviera que intervenir para la organización o la convocatoria. A diferencia del 85, no teníamos la forma de organizarnos tan rápidamente. Telefonos celulares, redes sociales, chats. Que eficientes y organizados nos volvimos. En pocas horas había toneladas de alimentos, medicinas y otros, para ser entregados en las zonas afectadas en el país.

Otra de las cosas que me impresionó:, los siguientes días después del evento, la ciudad transcurría en un silencio respetuoso. Parecía que la gente hablaba en voz baja, pero con más precisión. Con más atención escuchábamos. Recuerdo estar en la calle, por la noche el sábado 23 de septiembre: un completo silencio inundaba las calles de nuestra ciudad. La ciudad que no duerme, ni calla.

Por último, a los gobernantes les da miedo esta fecha, saben que si, de actuar así siempre, este país sería completamente diferente y ellos no existirían.

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